La diosa Diana o cómo su crueldad no tiene ojos ni para el amor

En el anterior caso de Art Detective hablamos del destino de Andrómeda, de Perseo y de Medusa.

La historia de Perseo y Andrómeda resulta ser una historia de amor con final feliz, pero la de Medusa no.

Hemos visto que a lo largo de la tradición mitológica es muy difícil encontrar un destino dichoso. Al contrario, nos encontramos a menudo con una crueldad sin igual.

El caso de hoy tiene como protagonista a la diosa Diana, y no se salva del carácter despiadado que caracteriza a los mitos latinos.  

La diosa Diana es la diosa romana asociada con la caza y la naturaleza; Artemisa en la tradición griega.

Se suele representar como una joven cazadora con arco y flechas, acompañada por animales de caza como los ciervos y los perros. 

Según la leyenda, Diana nació de la unión de Júpiter (Zeus en la mitología griega) y Latona (Leto en la mitología griega).

La historia cuenta que Latona quedó embarazada de los gemelos Diana y Apolo. Sin embargo, Juno (Hera en la mitología griega), la esposa de Júpiter, estaba celosa y enojada por esta situación. Para evitar que Latona encontrara un lugar donde dar a luz, Juno maldijo a Latona, prohibiendo a la Tierra darle refugio.

Latona vagó por todo el planeta, buscando un lugar seguro para dar a luz a sus hijos, pero todos los lugares la rechazaron debido a la maldición de Juno. 

Finalmente, llegó a la isla de Delos, que era una isla flotante, y fue allí donde pudo dar a luz a Diana y Apolo. Como agradecimiento por haberle brindado refugio, Diana adoptó a Delos como su lugar sagrado. 

En algunas versiones del mito, Diana nació antes para ayudar a su madre a dar a luz a su hermano Apolo. Sería por eso también protectora de los partos. 

Diana es conocida también por ser la protectora de los animales salvajes y por guiar a los cazadores. 

En el vasto universo de historias, mitos y anécdotas acerca de la diosa Diana, en Art Detective nos sumergiremos hoy en la fascinante conexión entre Diana y Calisto.

En la obra «Metamorfosis» de Ovidio Nason,

Calisto destaca como la protegida preferida de la diosa, una doncella de excepcional belleza entre las ninfas que componen el séquito de la cazadora. La trama se complica cuando Calisto es seducida por Júpiter en lo profundo de un frondoso bosque, donde nadie ha osado penetrar. 

Júpiter, disfrazado como Diana, revela su verdadera identidad durante el acto, dejando a Calisto indefensa. 

A pesar de los intentos de esta última por resistir, ninguna fuerza mortal puede oponerse a la voluntad del dios. Como consecuencia, Calisto queda embarazada, una impureza que Diana, la diosa virgen que exige castidad a sus seguidoras, no tolerará. 

Al descubrir el embarazo, Diana impone su castigo: la transforma en una osa destinada a ser cazada por su propio hijo, Arcade.

La narrativa nos lleva por los tormentosos días de Calisto, quien, temerosa de los cazadores y acompañada por el aullido de los perros, deambula por los campos, evitando descansar en la espesura y enfrentando los peligros de las rocas. 

“Ay, cuántas veces, no osando descansar en la sola espesura, delante de su casa y, otro tiempo suyos, vagó por los campos. Ay, cuántas veces por las rocas los ladridos de los perros la llevaron, y la cazadora, por el miedo de los cazadores aterrada, huyó”, así cuenta la Metamorfosis el fatal destino de Calisto.

Su triste destino parece inminente, hasta que Júpiter decide intervenir en el día en que sería cazada por su propio hijo. Transforma a Calisto y a Arcade en las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa Menor, respectivamente, uniéndolos para siempre en el firmamento estrellado.

Esta cautivadora historia, plasmada por el maestro Tiziano en su obra «Diana y Calisto», forma parte de la serie «Poesías», encargada por Felipe II. Si queréis saber sobre las “Poesías” pinchad aqui.

Pintado en Venecia entre 1556 y 1559, el cuadro ofrece una representación visual única de este mito trágico. 

En esta obra, contemplamos la imponente figura de la diosa Diana en el lado derecho, sentada con solemnidad como si ocupara un trono. Se encuentra rodeada por su séquito y acompañada de sus atributos característicos: arcos, flechas y perros de caza. 

Diana se alza en la escena como un emperador romano impartiendo un castigo, imperturbable y sorda a las razones de Calisto. Sus celos y austeridad la conducen a actuar con crueldad y falta de piedad. 

Mientras tanto, en el lado izquierdo, Calisto yace, esforzándose al máximo por evitar ser descubierta. Las ninfas la destapan, sin preocuparse por las posibles consecuencias. Se presenta así una escena trágica impregnada de un dramatismo escénico intenso y vibrante.

En 1628, durante su segundo viaje a Madrid, Rubens inicia la monumental tarea de copiar las obras del gran maestro. Ya he explorado en diversos casos de Art Detective las reproducciones de Rubens, y no podía dejar de mencionar su versión de «Diana y Calisto».

Esta interpretación, datada en 1635, fue creada específicamente para la Torre de Parada, el pabellón de caza del rey Felipe IV de España.

La interpretación de Rubens difiere significativamente de la obra de Tiziano. Las figuras ocupan espacios espectaculares, con Diana a la izquierda y Calisto a la derecha. La compasión y sorpresa de Diana ante el embarazo de su protegida son evidentes, mientras que Calisto está dolida y avergonzada, tratando de ocultarse con su vestido para evitar la mirada de Diana. Es como si su funesto destino pudiera evitarse. Rubens nos presenta una Diana piadosa y amorosa en esta versión.

Un dato curioso: la representación de Calisto por Rubens refleja el peinado y los rasgos de su segunda esposa, Hellen. Esto no sorprende, ya que en los últimos diez años Rubens se inspiraría en ella en diversas ocasiones.

La pintura de Rubens se encuentra en el Museo del Prado de Madrid, mientras que la obra de Tiziano está resguardada en la National Gallery de Londres. Como es de imaginarse, he documentado todo el periplo del cuadro de Tiziano. Empecemos. 

Como mencioné anteriormente, las “Poesías” de Tiziano estuvieron juntas en España hasta 1704. «Diana y Calisto» fue ofrecida al embajador francés por Felipe V, el primer rey de la familia Borbón en el trono de España. Luego, fue adquirida por el regente de Francia, Felipe II de Orleans, quien formó una destacada colección de pinturas. 

Durante la Revolución Francesa, la colección fue vendida y, finalmente, comprada por el tercer duque de Bridgewater en 1793. La colección se mantuvo en Bridgewater House en Westminster, y luego se trasladó a Escocia en 1939 debido a la Segunda Guerra Mundial. 

Desde 1945, ha estado en exhibición en la National Gallery of Scotland en Edimburgo. En 2008, el séptimo duque de Sutherland expresó su intención de vender parte de la colección, generando un debate público. La obra fue comprada por 45 millones de libras, conjuntamente por la National Gallery de Londres y la National Gallery of Scotland de Edimburgo, en marzo de 2012. Existe, de hecho, un acuerdo para que los museos puedan alternarse en exponerla.

Dentro de las “Poesías” de Tiziano también se encuentra la obra «Diana y Acteón», que, al igual que «Diana y Calisto», se conserva en la National Gallery de Londres.

La composición guarda notables similitudes con la anterior. Diana se encuentra a la derecha, identificable por la media luna que adorna su cabeza. En este caso, es la diosa quien busca refugio de la mirada indiscreta de Acteón, un cazador que se ha topado accidentalmente en el mismo lugar donde Diana y sus ninfas han elegido reposar para su baño. 

Al reconocer a la diosa, Acteón se detiene, cautivado y atrapado por su deslumbrante belleza. Las ninfas intentan resguardar a su divinidad, cubriéndola de la mirada furtiva del cazador. Acteón, sin clemencia por parte de la diosa, es castigado y transformado en ciervo, solo para ser posteriormente atacado y devorado por sus propios perros, en un paralelo inmisericorde con la historia de Calisto.

Diana se presenta como una figura dura e intransigente en esta narrativa visual. La obra se exhibe en la National Gallery de Londres, ocupando la pared contigua a «Diana y Calisto».

En la misma sala, se encuentra otra obra magistral de Tiziano que representa el destino de Acteón y su metamorfosis en ciervo. Ambas pinturas entablan un diálogo, ofreciendo una narrativa discursiva y coherente que enriquece la experiencia del espectador.

Nos encontramos frente al destino de Acteón, ya transformado en ciervo, con sus perros que le persiguen para devorar sus carnes. En primer plano, la diosa Diana con su arco, lista a participar de la caza y castigar definitivamente el atrevimiento de Acteón.  

Es posible que este cuadro formara parte de las “Poesías”, debido a que Tiziano, en un carta para el rey Felipe II de 1559, hace referencia a “El rapto de Europa” (que ya vimos en otro caso de Art Detective) y a “La muerte de Acteón”. Posteriormente este cuadro no llegó a España. Se encontró después de la muerte del pintor, en su taller de Venecia.

La diosa Diana no es la única que inflige castigos, y respecto a esto, os quiero contar la historia de las Furias.

Pero este es otro caso de Art Detective.

Andrómeda o de cómo el amor rompe fronteras

En los anteriores casos de Art Detective hablamos de tragedias de amor, pero dejamos algo de esperanza para los artículos venideros.

En los mitos griegos, y luego romanos, la mayoría de las veces asistimos a escenas de violentas venganzas, y casi siempre las historias no tienen un happy ending, sino al contrario, terminan en brutales, radicales y a veces espantosas metamorfosis, muertes o castigos. Los dioses suelen enfurecerse entre ellos o con los mortales que no respetan sus leyes y sus límites, dando pie a innumerables mitos.

Pero el caso de hoy de Art Detective contará una historia distinta, que involucra diferentes personajes. Hablaré sobre el destino de la joven Andrómeda y de las aventuras de Perseo.

El mito de Andrómeda es una historia fascinante de la mitología griega que incluye a héroes, monstruos y rescates heroicos. Vamos a ello.

Andrómeda era una princesa etíope, hija de los reyes Cefeo y Casiopea, y su historia cuenta cómo, debido a la arrogancia de su madre, termina atrapada en lo que parecería una penitencia sin salida. 

Casiopea había presumido de su propia belleza, comparándola con la de las Nereidas, las ninfas marinas, lo que hizo enfurecer a estas criaturas. Como castigo, el dios del mar, Poseidón, envió a un monstruo marino llamado Ceto para aterrorizar el reino de Etiopía.

Para aplacar la ira de Poseidón y salvar a su reino, Cefeo y Casiopea consultaron al oráculo, que les aconsejó sacrificar a Andrómeda como ofrenda al monstruo marino. Así, Andrómeda fue encadenada a una roca en la costa, esperando ser devorada por Ceto.

Sin embargo, el héroe Perseo entró en escena. 

Anteriormente, Perseo había derrotado a la Gorgona Medusa, con la ayuda de Hermes y Atenea (una historia que os contaré más adelante). Hermes o Mercurio es el hijo y mensajero de Zeus, el dios del yelmo y de las sandalias aladas que se mueve por todos lados y que representa de manera simbólica la comunicación y el comercio. 

Atenea o Minerva, por su parte, es la sabia diosa de la justicia y de la sabiduría, la cual ha sido ya protagonista de uno de nuestros casos de Art Detective, ¿os acordáis de ella?  Es la diosa que arde en ira y la vierte sobre Aracne, una joven que osa desafiar a la diosa en el arte de tejer. Si queréis leer su historia, os invito a dar clic aquí

Pero volvamos al mito de Perseo y Andrómeda. Cuando este vio a Andrómeda en peligro, se enamoró de ella y decidió salvarla. El héroe enfrentó a Ceto y, usando la cabeza de Medusa –cuyos ojos volvían de piedra a quien osara mirarla– para petrificar al monstruo, lo mató y liberó a la bella joven.

La historia ha sido representada en numerosas obras de arte a lo largo de la historia y ha inspirado diversas adaptaciones literarias, teatrales y cinematográficas. Yo os hablaré sobre distintas representaciones pictóricas del mito de Perseo y Andrómeda.

Este momento épico de la liberación de Andrómeda es contemplado en la pintura del maestro Tiziano.

El cuadro de Tiziano data de entre 1554 y 1556 y en la actualidad se encuentra en la Colección Wallace de Londres, siendo parte integral del conjunto de las Poesías encargadas a este pintor veneciano por Felipe II.

En el lienzo apreciamos las andanzas heroicas de Perseo que, con una especie de contorsión física, mata al monstruo Ceto para liberar a Andrómeda. Ella se encuentra en primer plano, en total sensualidad e inocencia. Nos deja atónitos y esperanzados de que Perseo la salve de muerte segura y trágica, como sucedió.

Tiziano la muestra en primer plano, a la izquierda, con su piel cándida; en cadenas pero con una pose danzarina que destaca su belleza y armonía.

Al final, Perseo se casó con Andrómeda y la llevó de vuelta a su tierra natal, donde se convirtieron en reyes. La boda fue un evento grandioso.

Pero si el cuadro forma parte del encargo del rey español al pintor veneciano, ¿cómo es que llegó a Londres, donde hoy se conserva?

Si bien no hay pruebas ciertas de cómo llegó exactamente a la colección Wallace, el lienzo empezó su historia a partir del vínculo y de la relación entre Felipe II de España y Tiziano, el cual comenzó con el gran encargo de las Poesías.

Paradójicamente en España, solo quedan dos de las Poesías de Tiziano, que en total eran cinco. Ambas se conservan en el Museo del Prado de Madrid.

Una vez más, las huellas de los cuadros son mi especialidad como detective del arte, así que vamos a seguirlas. 

Después de ser pintado, el cuadro original realizado por Tiziano fue enviado a Gante, y luego a España, de donde desapareció antes de la muerte del rey Felipe II, en 1598.  

Es importante mencionar que Antonio Pérez, el secretario del rey, tuvo en su colección una copia –pero no el original del cuadro– la cual hoy en día podemos apreciar en el mismo Museo del Prado de Madrid.

Andrómeda y el dragón, realizada por un anónimo, con fecha entre 1580 y 1600.

Volviendo al original, al cuadro pintado por Tiziano para el rey, este aparece después en la colección de la familia de los escultores Leoni, en Italia, y hasta 1608 consta en el registro del inventario de esta familia italiana.

Posteriormente, entre 1621 y 1627, formó parte de la colección del pintor Van Dyck, que se lo pudo haber comprado a la familia Leoni, durante su estancia en Italia. Van Dyck lo llevó consigo a Amberes. En 1641, fecha de la muerte del pintor, se encontraba en el listado de sus bienes, en Londres. 

Después de ser vendido a otro propietario inglés, aparece en Francia alrededor de 1654 y allí se quedó hasta el siglo XVIII. Formó parte de la Colección D’Orleans hasta llegar a dispersarse, después de la Revolución francesa, y aparecer otra vez en Londres, donde se encuentra hasta el día de hoy. 

¡Vaya periplo!

Ahora, os voy a hablar de otra versión del cuadro realizada por el pintor veneciano Veronés.

La obra de Veronés data de entre 1575 y 1580, y destaca el mismo modelo que la pintura de Tiziano. La composición es como un espejo de la obra del maestro.

Andrómeda se halla en el lado derecho (la de Tiziano está en la parte izquierda) pero el resto de la composición evidencia, a la misma manera que Tiziano, el acto heroico de Perseo, que se lanza en contra del monstruo en esa pirueta acrobática que ya hemos destacado en Tiziano. 

El cuadro de Veronés se encuentra actualmente en el Musée des Beaux-Arts de Rennes.

La historia de Andrómeda será contada también por las pinceladas de Rubens, que realiza una versión del lienzo que hoy se conserva en el Museo del Prado.

 

La versión de Rubens se realizó entre 1639 y 1641, con la colaboración del pintor Jacques Jordaens. 

Tiziano, así como Veronés, se centró en la lucha entre Perseo y el monstruo, mientras Rubens nos enseña una escena más íntima entre el héroe y la doncella. Este se acerca a Andrómeda, mirándola dulcemente, para liberarla. Encima de ellos se puede ver la figura de Cupido, que representa el amor entre los dos. A los pies de los personajes, en el lado izquierdo, apreciamos el escudo de Perseo con la cabeza de Medusa, y a la derecha se pueden ver Pegaso y el monstruo marino.

El mito de Andrómeda destaca el papel de los héroes y la intervención de los dioses en las vidas de los mortales. También resalta la belleza y el castigo por la arrogancia, representado por Casiopea y por Poseidón, respectivamente.

Dicho todo esto, me gustaría hablar más a detalle sobre la historia de Perseo, y en el camino, os contaré cómo logró conseguir la cabeza de Medusa, con la que posteriormente mataría al monstruo que acechaba a su amada Andrómeda.

Hay que decir que no es la primera vez que hablamos de él. Ya ha aparecido en otro caso de Art Detective, en el artículo de Dánae.

Perseo es el hijo de Zeus y Dánae, ¿Os acordáis de ella? Voy a refrescaros un poco la memoria.

La historia de Perseo comienza con el rey llamado Acrisio, abuelo de Perseo. Acrisio había sido advertido por un oráculo de que su nieto lo mataría, por lo que encerró a su hija Dánae para evitar que tuviera hijos. Sin embargo, Zeus se enamoró de Dánae y se transformó en una lluvia dorada, ingresando a la torre y engendrando a Perseo. 

¡Seguro que ya os acordáis de la historia! Y si no clica aquí.

Cuando Acrisio descubrió la existencia de Perseo, temeroso de la profecía, colocó a Dánae y al bebé en un cofre y los arrojó al mar. La corriente los llevó a la isla de Serifos, donde fueron rescatados.

Polidectes, el rey de la isla, se enamoró de Dánae y quiso casarse con ella. Perseo, sin embargo, se opuso, por lo que el rey vio en él a un obstáculo.

Para deshacerse de Perseo, Polidectes ideó un plan: organizó un banquete y pidió a sus invitados que trajeran regalos, y le dijo a Perseo que el mejor regalo que podía traerle era la cabeza de Medusa, la Gorgona monstruosa cuya mirada convertía a las personas en piedra.

El rey Polidectes sabía que enfrentar a Medusa era una tarea casi imposible debido a su peligrosidad, así que lo envió prácticamente a una sentencia de muerte. Perseo, sin posesiones, aceptó el reto y prometió traerle un regalo valioso.

Es aquí donde la historia se vuelve aún más intrigante. Perseo decidió enfrentarse a la Gorgona Medusa, y para ello recibió la ayuda de los dioses Hermes y Atenea, que le proporcionaron herramientas mágicas, con las que consiguió su empresa. Hermes le dio las sandalias aladas, el casco de invisibilidad de Hades, una espada y un escudo con un espejo.

Después de muchas aventuras y desafíos, Perseo finalmente llegó al lugar donde vivía Medusa. Utilizando el escudo para ver su reflejo, sin mirarla a los ojos y evitando así su mirada directa y petrificadora, decapitó a Medusa, con la ayuda de Atenea que guiaba su mano. 

De su cuello decapitado surgió Pegaso, el famoso caballo alado. Perseo recogió la cabeza de Medusa y regresó a Serifos. La hermanas de Medusa intentaron perseguir a Perseo pero no lo consiguieron, debido a que el héroe se hizo invisible gracias al casco de Hades. 

Al regresar a la isla, Perseo descubrió que Polidectes había estado acosando a su madre. Enfurecido, utilizó la cabeza de Medusa para convertirlo a él y a sus seguidores en piedra. 

Después de esto, sus andanzas seguirán. Regresa a Argos y se reconcilia con su abuelo, Acrisio. Pero, desafortunadamente, la preferencia de muerte, predicha al nacer de Danae, se cumple. Perseo, si bien accidentalmente, matará a su abuelo.

La escultura de Perseo de Benvenuto Cellini que se encuentra en Florencia es absolutamente una de mis esculturas favoritas. La escultura es solemne, austera e imponente. Destaca la violencia y el atroz destino de Medusa, que yace decapitada bajo los pies de Perseo que, con una fiera mirada, mantiene su cabeza en la mano, mostrándola con orgullo. 

Medusa tiene una historia que, al puro estilo griego, acaba trágicamente. 

Fue originalmente una hermosa sacerdotisa del séquito de Atenea, la diosa de la sabiduría y la guerra, que vivía en el templo de la diosa. Sin embargo –la historia varía en algunos detalles– Medusa ofendió a Atenea al tener relaciones sexuales en su templo, profanando el lugar sagrado. En otra versión, Medusa se jactó de su belleza, por haberse comparado con Atenea, es castigada por la diosa, transformándola en una criatura horrenda con cabello de serpientes y una mirada petrificadora. 

Medusa y sus hermanas, Esteno y Euríale, se convirtieron en las Gorgonas, unas criaturas monstruosas que aterrorizaban a quienes se cruzaran en su camino, petrificando a cualquier persona que las mirara a los ojos.

Una de las imágenes más conocidas de Medusa es la pintura realizada sobre un escudo por Caravaggio.

 

 

La cabeza de Medusa es una obra de Caravaggio de 1597, conservada hoy en día en la Galleria degli Uffizzi de Florencia.

La furia, la rabia y la fuerza que se remarca en la imagen de la mujer, además de las cabezas degolladas –como la de Medusa– son rasgos típicos del pintor milanés, los cuales podemos observar en esta obra que refleja la crueldad de su destino. 

Cabe destacar que en una versión de la historia de Medusa, ella es poseída por el dios Neptuno en el templo de Minerva, que la transforma en monstruo para castigarla. 

Hay que decir que es una profunda injusticia y que su destino fue absolutamente inmerecido y fruto de la arrogancia y despotismo de la diosa Minerva, pero no es la única vez que asistiremos a este tipo de destino infame.

La historia de la ninfa Calisto y de su trágico destino tiene cierto parecido con la historia de Medusa.

Pero este es otro caso de Art Detective.

 

De Venus y Adonis o de cómo el amor no tiene edad

La diosa Venus nos sigue acompañando con su belleza y sus amoríos. En los anteriores casos de Art Detective, he hablado de diferentes facetas de la diosa, de su belleza despampanante y de sus embrujos. En este caso, vamos a ir siguiendo las pistas de algunos de los amores de la diosa. 

Tenemos muestra de ello en diferentes pinturas de varios artistas que se han dejado fascinar por la diosa. Tiziano y Rubens una vez más van a ser mis referentes, y el Museo del Prado será mi punto de partida.

Venus es la diosa romana que corresponde a la Afrodita griega. Su nombre griego proviene de la palabra espuma –aphros, en griego–, por haber nacido de la espuma del mar, así como la conocemos en muchas imágenes de la pintura universal, como en los lienzos de Botticelli, Bouguereau o Cabanel, por mencionar solo algunos. En cuanto al romano, Venus, este es una traducción literal del latín y está asociado a la gracia y al encanto, así como también se ha asociado al planeta. 

De su nombre provienen palabras como “venera” –la concha de la viera, de la cual se le ve nacer y aparecer en el mito–; “veneratio”, en latín, que se utiliza para indicar rendición y respeto hacia algo o incluso “veneno”, una palabra que se refiere a una sustancia que puede causar graves daños o incluso la muerte. Afrodisíaco también proviene de su nombre en griego, Afrodita, una palabra que se refiere sin duda a la faceta erótica y sensual de la diosa, así como lo hemos visto ya en otros casos de Art Detective

Respecto a su nombre, podríamos seguir ad infinitum con significados, relaciones, palabras provenientes y epítetos con los que se le ha relacionado a la diosa a lo largo de la historia. 

Pero como sea que se le llame a la diosa Venus o Afrodita, es inevitable asociarla con la belleza, el amor y el placer.

Afrodita en la tradición griega está casada con Hefesto, un dios feo e iracundo, pero uno de sus amores más conocidos es el dios Marte, con el que tendrá el hijo más ilustre, Cupido.

Por supuesto, ellos dos no son los únicos ni los últimos de sus amantes. Ella es la protagonista de varios mitos, en los que llega a estar casada con Anquises, padre de Eneas que, como es sabido, fundó Roma según Virgilio. 

Sin embargo, en la historia en la que hoy nos vamos a centrar en Art Detective, es en la que nos cuenta el poeta griego Ovidio Nasón en su obra Metamorfosis: la historia de Adonis, uno de los amantes más amados por Venus. 

Adonis nace de Mirra, una muchacha que fue condenada a ser transformada en árbol para escapar de la ira de su padre. Castigada por la diosa Venus, enloquece, seduce y yace con su padre Círinas, el cual, al darse cuenta del acto de su hija intenta matarla. Ella se escapa y, transformada en árbol de mirra, da a luz a Adonis. 

“Él de su hermana nacido y del abuelo suyo”, recitará Ovidio en su hermosa obra. 

Venus, que asiste a su nacimiento, se enamora de su hermosura, del “ora hermosísimo bebé, ya joven, ya hombre”. Por ello, no querrá separarse de él, que conforme crece, se vuelve aficionado a la caza. 

Tiziano realiza para el rey Felipe II de España un lienzo que representa a Venus y Adonis, el cual representa el acto en el que Venus trata de impedir el paso de su amado hacía la muerte.

Esta es una escena imaginada y creada por el mismo pintor, la cual no es citada por el escritor latín, el cual era un referente de todos los pintores que se dedicaban a la mitología. 

El lienzo de Venus y Adonis, que se conserva en el Museo del Prado, está fechado en 1554 y forma parte de las “Poesías” de Tiziano, tal como lo es Danae, una pintura de la que hablamos en otro caso de Art Detective. 

 

 

Como se puede imaginar, no es la única versión que el maestro Tiziano realizó. En la National Gallery of London hay una versión del mito atribuida al pintor veneciano y a su taller. 

La composición es prácticamente idéntica. Venus le corta el paso a su amado para que no le deje. Sabemos que quiere evitar que Adonis vaya hacia su destino de muerte, pero Tiziano nos transmite además un mensaje de seducción de la diosa, que en este caso no se ofrece al espectador pasivamente sino que toma la acción y la iniciativa hacia su amado. Aún así, Adonis morirá herido fatalmente por un jabalí, a pesar de las plegarias de Venus de alejarse de tal animal.

En el fondo vemos a Cupido, durmiente, al lado de un árbol. Los perros de caza acompañan a Adonis. 

Este cuadro fue concebido junto con el de Dánae para enseñar el cuerpo femenino en todo su esplendor. Dánae frontalmente, y Venus, en cambio, nos ofrece su otra visión, la del trasero, una de las partes prohibidas del cuerpo femenino y más apreciada en la época. 

El Venus y Adonis de Londres data de 1555.

Hay otras dos versiones que se hallan en Estados Unidos, una en la National Gallery of Washington y otra en el Metropolitan Museum of New York. Ambas están fechadas en 1560, aunque la composición es algo diferente a las anteriores. 

 

Cupido, por ejemplo, no duerme y sigue atento a toda la escena, y es razonable, porque es precisamente él el responsable de esta historia, ya que ha sido por su culpa que su madre se ha prendado del joven. 

Así como lo narra Ovidio, la diosa es atravesada por la flecha mágica de su hijo que, involuntariamente, le hiere de amor mientras la besa.

En el lienzo, Venus, Adonis y Cupido, este ya no de Tiziano sino de otro pintor italiano, del barroco, Annibale Carracci –que se encuentra en el Museo del Prado– podemos apreciar toda la escena y el momento en el que Venus es prendada por Adonis.

 

 

Este mito ha suscitado mucho interés entre los pintores a lo largo de la historia, así que sigamos contándolo a través del pincel de varios de ellos. El amor entre la diosa y el mortal muchacho es descrito también por otro gran pintor de la tradición veneciana, Paolo Veronese

 

 

El cuadro data de 1580 y se encuentra en la colección del Museo del Prado. Fue una de las compras para el rey Felipe IV hechas por Velázquez durante su viaje a Italia.

Sin embargo, el lienzo de Veronés es bastante diferente al de Tiziano. La escena es tomada (una vez más) del libro de Ovidio, Metamorfosis, cuando este recita: “nos seduce oportuno este álamo, y nos presta un lecho el césped: me apetece en ella descansar contigo”.

En él vemos a Adonis durmiendo en el regazo de Venus que le custodia y acaricia con ternura y amor, si bien también con mucho temor, sabiendo e intuyendo cuál será el destino del joven si despierta. Una vez más, la emoción es sugerida por el pintor ya que esta no aparece de manera explícita en la historia narrada por Ovidio.

Venus le mima, alterna caricias y besos y le cuenta una historia. Historia que ya hemos aprendido en un caso de Art Detective, la de Atalanta e Hipómenes. En esa historia, ambos enamorados serán transformados en leones por voluntad de la propia Venus que, aunque en un inicio se enternece por el amor sin esperanza de Hipómenes y por ello decide ayudarle, más tarde se siente ofendida y desdichada por no recibir el agradecimiento por la unión de parte de los enamorados, y los convierte en leones.  

En la escena, Cupido sostiene a un perro que parece querer despertarle y llevarlo de caza. En el cuento de Ovidio, son los perros los que arrastran a Adonis hacia el jabalí, persiguiendo al animal que luego herirá a muerte al joven.

Sin embargo, Veronese nos presenta una escena en la que rige la paz, el sueño y la quietud antes de la tempestad. Adonis duerme junto con otro perro a sus pies que también duerme serenamente, extasiado en el sueño, mientras Venus le abanica y custodia. 

La realización de diferentes versiones del mito de Adonis nos deja ver cómo cada uno de los pintores tenía un diferente afán artístico en la composición y en el estilo. Cada uno a su manera, traza una imagen de la belleza, de la sublimación del amor y del conocimiento, alejándose de la idea imperante en la época que concebía a los pintores como meros artesanos que usaban sus propias manos para el oficio, dejando fuera al intelecto. 

Por su parte, Tiziano, afirmando su valor “poético”, subraya la importancia de la pintura y el arte que se elevan a niveles muy altos en la cultura universal. La interpretación, la reinvención, la representación del mito es el medio para afirmar su propio talento. 

No olvidemos que Venecia es la cuna de grandes pintores, un puerto comercial del mundo y una ciudad revolucionaria, abierta, emancipada y única para la época. 

Tiziano, poeta del arte y Veronese, cultor de la belleza plasmada a través de la literatura italiana. En general, los pintores venecianos son únicos y ampliamente diestros en su arte; desde la utilización e inspiración de la luz que se refleja a través del mar, hasta el uso de colores vivos y brillantes, son elementos que conforman un estilo inconfundible. 

Basta con fijarse en los azules de los cielos de Tiziano y en los verdes de sus paisajes o en el naranja de Veronés y la blancura de la piel de Venus que nos lleva a una dimensión divina que aparentemente es inalcanzable, pero que en realidad está a la vista de todos. 

En esta recopilación de obras de arte no podía faltar Rubens. De él hemos hablado en diferentes casos de Art Detective, como copista de las obras de Tiziano. En este caso y tratando el mito de Venus y Adonis, este seguramente habrá tenido inspiración del gran maestro veneciano, pero la composición de sus obras retratando a la diosa, enamorada y desesperada por salvar a su amor, difieren bastante de la “original” de Tiziano. 

Las obras de Rubens se han realizado entre 1609 y 1614. 

 

Conservadas respectivamente en el Kunstpalast Museum (Alemania) y en el Hermitage Museum (Rusia), los dos lienzos son muy parecidos. El tamaño y la forma de la primera versión de 1609, vertical, se amplía y agranda en la versión de 1614. 

El tema sigue siendo el de siempre. Venus con el afán de impedir que su amado se vaya de ella, que le deje y que finalmente muera. La presencia de los cisnes, maravillosos y de tal elegancia que nos invita al amor entre los dos, sugieren una esperanza de que Adonis se quede. 

Los cisnes y el carro pertenecen a Venus y son uno de sus rasgos más distintivos. Cupido, en una de las versiones, se queda parado y atónito sin entender, mirando la escena pasivamente; en la otra intenta firmemente impedir el paso del cazador, determinado en irse de caza, ignorando lo que le pasaría. 

Realmente, todos ignoran el destino de Adonis. Como hemos visto, Ovidio nos narra la “verdadera” versión del mito. Adonis se desprende de su sueño una vez que Venus “juntos por los aires sus cisnes, emprende el camino”. Pero enseguida, desde los cielos, verá la macabra escena de la muerte de Adonis herido a muerte por los colmillos del jabalí bajo la ingle. “Reconoció de lejos el gemido de aquel que moría y blancas, allí giró sus aves, y cuando desde el éter alto lo vio, exánime”. 

Rubens nos deja una muestra de este momento trágico y desgarrador

 

La escena es extremadamente teatral, dramática y emocionante. Nos dejamos llevar por el sordo grito de Venus que solo se queda acariciando una vez más el rostro y el cabello de Adonis. 

Mucho más trágica es la actitud de las tres Gracias y de Cupido, desesperado por lo acontecido. Una joya que se tiene la suerte de admirar en el Museo de Israel, la obra de Rubens es de 1614, en la que podemos, además, apreciar la hermosura de Adonis, su belleza y su cuerpo escultórico, que a pesar de la muerte no cesa de enamorar. 

¡Uy, uy! Demasiada tragedia, ¿verdad? Es que los mitos griegos muy a menudo tratan temas violentos y trágicos. Pero en otras ocasiones no. Hablan de amor y salvación, como el de Perseo y Andrómeda.

Pero este es otro caso de Art Detective

 

Guido Reni o de cómo el clasicismo barroco encuentra su esplendor en el pincel del maestro boloñés

En este caso de Art Detective, os quiero hablar de un pintor extraordinario y de gusto exquisito: Guido Reni. Este soberbio pintor boloñés se destacó por su estilo permeado de un gran clasicismo en el arte barroco.

Aprovechando la actual exposición del Museo del Prado dedicada a Reni, que exhibe alrededor de 100 piezas provenientes de más de 40 museos, he seleccionado tres obras para investigar al puro estilo Art Detective.

Estas obras son versiones de lienzos que el pintor realizó mediante una técnica sorprendente de calcos. Fueron creadas en diferentes momentos de su vida y abordan temas diversos, fusionando mitología, leyendas y religión de manera perfecta y armónica.

Guido Reni comenzó su carrera bajo la influencia de su maestro Annibale Carracci y del naturalismo clásico, un estilo artístico que busca representar la naturaleza y el mundo real con fidelidad y precisión. Sin embargo, Reni desarrolló un estilo personal distintivo que lo diferenció de otros artistas de su época.

Una de las características más destacadas de su estilo es la elegancia y delicadeza en el tratamiento de las figuras. Sus personajes poseen rasgos suaves y proporciones armoniosas que les confieren una belleza idealizada.

Reni era habilidoso para representar la piel suave y los pliegues de las telas con gran dominio técnico, lo que añadía realismo y detalle a sus obras.

La iluminación es otro elemento distintivo de su obra. Reni solía utilizar una luz difusa y envolvente que generaba un efecto de claroscuro suave y creaba una atmósfera etérea. Esta sensación de delicadeza se veía acentuada por una paleta de colores pasteles.

Comenzaré presentando a las estrellas de la exposición «Guido Reni» del Museo del Prado: «Hipómenes y Atalanta». Ya he hablado de ellas en otro caso de Art Detective.

Hipómenes y Atalanta son los leones que tiran del carro de la Cibeles. ¿Os acordáis? 

Antes de convertirse en animales, eran una joven y un joven comunes.

Atalanta era una mujer hermosa que se negaba a casarse y solo aceptaría como esposo a quien la venciera en una carrera, sabiendo que esto era imposible para cualquier mortal. Por su parte, Hipómenes, era un joven que estaba enamorado de ella, y que, con la ayuda de Venus, conquistará su corazón.

Siguiendo el consejo de Venus, Hipómenes arroja tres manzanas de oro durante la carrera para distraer a Atalanta y así obtener la victoria. Estas manzanas provenían del jardín de las Hespérides, un lugar sagrado donde crecían árboles que producían manzanas doradas con propiedades mágicas, símbolo de la inmortalidad.

Estas manzanas estaban custodiadas por Ladón, un dragón de cien cabezas, que protegía los frutos. Robar las manzanas era un desafío casi imposible, ya que cualquiera que lo intentara debía enfrentarse a la feroz bestia. Hércules, en uno de sus doce trabajos, se enfrentó a esta tarea. Pero esa es otra historia que seguramente les contaré en algún caso de Art Detective en el futuro.

En la obra de Guido Reni, la escena representa a los dos jóvenes en una pose danzarina, como si estuvieran bailando al compás de una música celestial.

Atalanta se encuentra agachada en el lado izquierdo del lienzo, recogiendo la segunda manzana de oro. Hipómenes, en el lado opuesto, la mira con ojos que reflejan la certeza de tener la victoria prácticamente en sus manos.

Los cuerpos de ambos están entrelazados por las piernas y los brazos en diagonales perfectas. Unos paños voluptuosos cubren casi desnudos sus cuerpos, enmarcando la audaz sensualidad de ambos.

Los colores blanquecinos de los cuerpos, en un maravilloso juego de claroscuro, contrastan con el fondo azulado del cielo y el mar.

En la exposición «Guido Reni» dedicada al pintor, podemos admirar dos lienzos prácticamente idénticos ejecutados por el artista boloñés.

Uno de ellos pertenece a la colección del Museo del Prado y el otro a la colección del Museo Nazionale di Capodimonte en Nápoles.

 

La obra del Museo del Prado data de entre 1618 y 1625 y tiene una historia increíble, al más puro estilo Art Detective.

Durante mucho tiempo, se consideró una copia y, por lo tanto, no ocupó un lugar destacado en nuestro museo de Madrid. Sin embargo, su periplo desde Italia hasta Madrid comienza hace muchos años.

El cuadro perteneció a Giovan Francesco Serra, marqués de Cassano, de Calabria. ¡Calabria, mi región de nacimiento, qué maravilla! Serra, un genovés asentado en Nápoles, fue un gran coleccionista de arte, y muchos de sus cuadros fueron adquiridos por el virrey de Nápoles en nombre del rey de España, Felipe IV. El lienzo estuvo en el Alcázar de Madrid hasta el incendio de 1734, pero se salvó del desastre que afectó a muchas obras de arte.

Durante el reinado de Carlos III de España, se consideró obsceno y estuvo cerca de ser quemado, pero afortunadamente eso no sucedió. Posteriormente, estuvo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid desde 1796 hasta 1827, año en que se incorporó a la colección del Museo del Prado. Debido a que se le consideraba una copia, fue trasladado una vez más.

Esta vez llegó a la ciudad de Granada. Después de un estudio detallado del cuadro, se determinó que era un original del pintor y comenzó a adquirir más importancia. Recientemente, ha sido restaurado por Almudena Sánchez, restauradora del Museo del Prado, quien ha devuelto al cuadro su brillo original. Gracias a ello, se pueden apreciar las ligeras diferencias que existen con su gemelo en Capodimonte, como algunos detalles del pie de Hipómenes y otros en el paisaje y el color del cielo.

La obra fue realizada por el pintor a partir de un calco, una técnica que solía usar como una forma de «copiar» sus obras. En la exposición y en la obra de Reni en general, se pueden encontrar muchas obras repetidas.

David García Cueto, comisario de la exposición «Guido Reni», explica que la costumbre de repetir y no copiar las obras era típica de Reni. Destaca la diferencia entre una copia de un lienzo y una repetición.

En una repetición de una obra, se reconoce la autoría y la originalidad en la ejecución. En cambio, cuando hablamos de copias, la mayoría de las veces el trabajo es realizado por otro pintor o por el taller. Esta fue la razón del debate durante mucho tiempo sobre si la obra era de Reni o no.

Guido Reni utilizaba una especie de plantilla con cartón para repetir exactamente, o casi, el mismo lienzo. Como describe David García Cueto, es como el patrón de costura que usa un sastre.

Las versiones de Hipómenes y Atalanta conservadas en el Museo del Prado y en Capodimonte fueron pintadas con algunos años de diferencia.

¡Es asombroso poder admirarlos juntos por primera vez en la exposición «Guido Reni”!

Pasamos ahora a la obra de la exposición de Reni que retrata a la reina Cleopatra.

En la exposición se presentan una vez más dos lienzos casi idénticos, el que pertenece a la colección del Museo del Prado y el que pertenece a la colección privada del Rey Carlos III de Inglaterra.

 

 

Cleopatra VII, la fascinante figura histórica que gobernó el antiguo Egipto desde el año 51 a.C. hasta su muerte en el 30 a.C, ha dejado una profunda huella en la cultura popular, al ser recordada por su inteligencia, habilidades diplomáticas y su relación con líderes romanos, como Julio César y Marco Antonio.

Su conexión con el áspid, representado como un símbolo icónico de su trágico destino, ha perdurado a lo largo de los siglos. Según las fuentes históricas, Cleopatra eligió enfrentar su triste derrota y la posibilidad de caer en manos de sus enemigos después de la derrota de Marco Antonio en la guerra contra Octavio, al tomar su propia vida, usando la mordedura de una serpiente venenosa, a menudo representada como un áspid. Esta escena ha sido plasmada en innumerables obras de arte a lo largo de la historia, capturando la intensidad y el dramatismo de ese momento final.

En el mundo del arte, Guido Reni también ha dejado su marca en la representación de Cleopatra y su vínculo con el áspid. 

Con su maestría técnica y su habilidad para crear composiciones equilibradas, Reni presenta a Cleopatra en un estado de serena belleza y elegancia. 

En esta obra en particular, se puede observar la mirada intensa y profunda de la reina, su rostro reflejando una mezcla de solemnidad y reflexión. 

La figura de Cleopatra domina el primer plano de la composición, capturando la atención del espectador con su presencia imponente. Reni logra transmitir la belleza idealizada de Cleopatra, con rasgos delicados y proporcionados, acentuando la luminosidad de su piel.

Es interesante notar que las técnicas de calco utilizadas por Reni son evidentes en estas obras. Si bien existen variaciones sutiles en la composición entre la versión del Museo del Prado y la versión inglesa, ambas muestran la destreza artística de Reni y su capacidad para recrear la figura de Cleopatra de manera cautivadora.

En la reproducción inglesa en vez de apoyar la mano izquierda sobre el cesto del áspid, la extiende teatralmente sobre su regazo. La indumentaria presenta colores distintos, el manto es rosa y no rojo,  así como en la camisa desaparece el borde dorado, como en la versión del Prado.

¿Cómo llegaron al Museo del Prado y a Inglaterra las pinturas de Reni?

El camino que llevó estas pinturas de Reni al Museo del Prado y a Inglaterra es algo enigmático. Según Carlo Ridolfi, pintor y biógrafo veneciano, se sabe que la obra formó parte de la colección del pintor flamenco Nicolas Régnier. 

Reni creó esta obra en competencia con otras tres versiones de «Cleopatra» realizadas por artistas como Palma el Joven, Régnier y Guercino. Aunque la pintura de Reni no alcanzó el mismo nivel de reconocimiento que la de Palma, se convirtió en una joya apreciada por Régnier, quien la conservó en su colección personal.

El destino de la obra después de estar en posesión de Régnier se vuelve aún más enredada e intrigante. En 1666, la pintura fue vendida en una rifa pública y posteriormente adquirida por el marchante veneciano Francesco Fontana. Fontana intentó venderla a Leopoldo de Medici, revelando así el interés que también despertó entre el embajador francés en Venecia.

El recorrido específico que llevó a las dos versiones de Reni a encontrarse respectivamente en la colección del Museo del Prado y en la colección de Carlos III de Inglaterra sigue siendo un misterio. La versión del Prado figura en el inventario de la Colección Real española en 1814-1813, mientras que la versión inglesa hizo su primera aparición en Leicester House, Londres, en 1749.

Extremadamente fascinante todo ¿no os parece?

Otro ejemplo que pone manifiesto el uso de calcos en el taller de Reni exhibido en la exposición del Prado “Guido Reni” es la figura de Santa Catalina de Alejandría.

En las salas del museo, una contigua a otra, se exponen dos magníficas obras: la Santa Catalina del Museo del Prado y la Santa Catalina de Patrimonio Nacional del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso. Esta ocasión es única e irrepetible, permitiéndonos apreciar de cerca las particularidades de cada una.

 

 

 

Según la leyenda, Santa Catalina fue una joven filósofa y mártir que vivió en el siglo IV en la ciudad de Alejandría, Egipto. Aunque los detalles de su vida son en gran medida legendarios, su figura ha sido objeto de devoción y ampliamente representada en el arte cristiano.

La tradición nos cuenta que Catalina era una joven de extraordinaria belleza e inteligencia, quien abrazó el cristianismo desde temprana edad. Se dice que debatió con sabios paganos y filósofos, defendiendo con fervor la fe cristiana y convirtiendo a muchos hacia ella. Incluso se le atribuye haber convertido a varios emperadores romanos.

La historia más conocida sobre Santa Catalina es su enfrentamiento con el emperador romano Maximino Daya. Este cruel gobernante la sometió a pruebas y torturas en un intento de hacerla renunciar a su fe. Sin embargo, según la leyenda, Santa Catalina sobrevivió a diversas pruebas, como la rueda de cuchillos, que milagrosamente se rompió al ser tocada por su mano. Finalmente, el 25 de noviembre del año 307 d.C., fue decapitada.

Santa Catalina de Alejandría es considerada la patrona de diversos grupos y profesiones, entre ellos estudiantes, filósofos, oradores, abogados, bibliotecarios y doncellas. Su influencia y devoción se han extendido a lo largo de los siglos.

A través de la historia, Santa Catalina ha sido representada en innumerables obras de arte, tanto en pinturas como en esculturas. Es frecuente verla retratada como una joven hermosa, vestida con túnicas, sosteniendo una palma, símbolo del martirio, y una rueda dentada, símbolo de las pruebas a las que fue sometida.

Las dos obras de Reni que muestran a Santa Catalina pertenecieron a la colección Maratti, un reconocido pintor barroco italiano oriundo de Roma. Estas obras fueron adquiridas por el rey Felipe V de Borbón en 1722, y desde entonces han cautivado a los amantes del arte con su esplendor.

Durante mucho tiempo, la versión de la Granja fue considerada una copia, mientras que la del Prado fue atribuida erróneamente al pintor Domenichino. Sin embargo, en el transcurso del siglo XX, se logró confirmar con certeza la autoría del talentoso pintor boloñés, Guido Reni.

No perdáis la ocasión de visitar la exposición «Guido Reni» en el Museo del Prado de Madrid. Tendréis tiempo hasta el 9 de julio de 2023 para deleitaros con la genialidad de este gran maestro.

Más historias y viajes fascinantes nos esperan en otros casos de Art Detective

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Venus y sus espejos o de cómo entre Cupidos y espejos Venus reluce bellísima y siempre eterna

En el anterior caso de Art Detective nos hemos centrado en la figura de Venus pintada por Tiziano. Obras maestras y maravillosas que exaltan el cuerpo y la sensualidad femenina. 

En el caso de hoy hablaremos de Tiziano y del vínculo que tuvo con otros pintores en el tratamiento de la belleza. 

Pero esencialmente me centraré en un elemento, que me atrevo a definir mágico, que aparece en una serie de pinturas a lo largo de la Historia del Arte: el espejo.

El espejo es la imagen viva y destacada de lo efímero, de la transformación y a la vez de la voluntad de atrapar la belleza eternamente en lo estático del objeto.

El espejo “reproduce y refleja” (literalmente) la belleza que por antonomasia es fugaz y finita, que se transforma por ende en eterna en el espejo.

Además el espejo sería la clave de resolución de la disputa entre la pintura y la escultura.

En la lucha del “paragone” (comparación) la escultura saldría triunfadora por ofrecer una perspectiva completa, desde todos los puntos de vista del “objeto” representado artísticamente. La pintura, con su único punto de vista, plano, tiene que utilizar artilugios para enseñar lo que no se ve. El espejo sin embargo es uno de estos artilugios.

El espejo se pone al servicio de la coquetería y de la contemplación de la propia belleza, del gozo de ella y del disfrute de la vista. El sujeto principal y más elegido para tal contemplación no podría ser otra que la diosa de la belleza, Venus. La belleza ideal, lo femenino, la vanidad y la eternidad son los temas principales que se encuentran en las pinturas de temática venusiana.

Hablamos ya del vínculo y las similitudes de las obras de Tiziano y de Rubens.

Peter Paul Rubens, pintor flamenco, gran discípulo póstumo del maestro veneciano, del que es absoluto “copista” en el sentido más alto y artístico de la palabra, al igual que el maestro, es un pintor de producción inmensa y con temática muy parecida. Su  mayor inspiración vendrá de las obras del maestro italiano y sus innumerables viajes a Italia y a España le ofrecen diferentes ocasiones de estudio y realización algunas de sus obras más conocidas y destacadas.

Hoy nos movemos del Museo del Prado (donde volveremos en otros casos) y nos vamos al Museo Thyssen-Bornemiza de la ciudad de Madrid. Si paseamos, entre su majestuosa y universal colección, nos encontraremos con un cuadro de Rubens que representa a una magnífica Venus. La diosa, sentada y ataviada ricamente entre rojos y dorados nos recuerda sin duda una de las obras del maestro veneciano, la Venus del espejo, que hoy se conserva en la Galería Nacional de Arte de Washington.

 

Tiziano realizó la Venus del espejo en 1555.  Realizó varias versiones (o copias) del mismo lienzo, una de las cuales para Felipe II de España. Esa versión española desafortunadamente  se ha perdido, así como muchas otras obras del pintor.

El lienzo de 1555 formaba parte de la colección privada de Tiziano hasta su muerte, en 1576, después de la cual pasó a manos de su hijo. El periplo del cuadro empezaría en el siglo XIX. Desde Venecia a Rusia, de Rusia a América. En 1850 el cónsul ruso la compra y se expondrá en el Museo Hermitage. Salió de Rusia en la época de Stalin y acabó en Estados Unidos.

La Venus del espejo fue una de las primeras obras maestras en ser expuestas en la Galería Nacional de Arte en Washington cuando abrió sus puertas en 1941.

Rubens realiza la copia de la Venus de Tiziano entre 1606 y 1611, durante su estancia en la corte española. Su versión es la que hoy encontramos en el museo Thyssen. 

Cada vez que tenía ocasión de “versionar” un cuadro de Tiziano lo hacía, ya fuera en España o en Italia durante sus viajes. 

Si bien la pintura de Rubens no es una copia fiel es sin duda lo más cercano que se conserva parecido a la obra de Washington. 

Sin embargo Rubens se inspira, partiendo de la labor del maestro, y nos deja otra maravillosa Venus, suya y extremadamente fascinante.

 

Entre 1613 y 1614 pinta Venus del espejo, un lienzo con una composición artística admirable y atractiva. Venus acompañada por Cupido, que sujeta el espejo, se nos muestra de espalda, en escorzo. Desvela su rostro y su belleza a través de una juego de espejismo con el espectador. Venus sabe ser observada y admirada y se regodea en su hermosura, con delicadeza y sensualidad a la vez. Su cuerpo, sus joyas, sus cabellos dorados y sedosos, acariciados por una mujer en la parte derecha del cuadro, nos atrapan una vez más en su juego de subducción. Es imposible resistirse.

La obra de Rubens se halla actualmente en el Museo Liechtenstein, presumiblemente adquirida por el príncipe Johann Adam Andreas I von Liechtenstein alrededor de 1712.

El tema de mujer o Venus ante el espejo es recurrente en las primeras pinturas de Tiziano así como en las posteriores a su muerte. 

Tenemos varios ejemplos.

Entre 1512-1515 Tiziano ejecuta una Mujer ante el espejo, hoy en día conservada en el Museo Louvre de París

 

En él se aprecia a una mujer acompañada por un hombre. La mujer sujeta su cabello (dorado como dorado será el pelo de las Venus) con la mano derecha mientras el hombre sujeta un espejo para que ella se pueda mirar y a la vez otro en la parte posterior. El virtuosismo de los espejos es increíble y nos lleva a una imagen muy real así como moderna.

De 1515 es también la Muchacha peinándose de Bellini, donde podemos apreciar un utilizo del espejo muy parecido al de Tiziano. La muchacha sujeta un espejo en el que se refleja y detrás de ella otro, en la pared, en que podemos admirar el reflejo de su brazo y de su tocado. 

 

Cómo no pensar en la influencia que tuvo Tiziano en la obra de Velázquez Venus del espejo.

 

 

La composición del cuerpo, el desnudo de la mujer, la presencia de Cupido y el rostro de la diosa en el espejo son elementos indudables de inspiración del maestro italiano. 

Para llegar a una época más reciente el pintor valenciano Joaquín Sorolla nos deja una hermosa mujer recostada que recuerda a la Venus velazqueña.

 

 

Desnudo de mujer de Sorolla fecha 1902. Es una preciosura, una pintura sensual y realista como solo Sorolla sabía hacer, pero como hemos visto la tradición y la trayectoria de los artistas es ancestral y lejana.

Este maravilloso hilo invisible que atraviesa el tiempo y el espacio en Arte me parece profundamente cautivador. Todo está unido por la misma pasión y el mismo esmero, ese afán de eternidad que nos dejan los grandes artistas.

 

De esto y de mucho más os contaré en los siguientes caso de Art Detective.

 

Venus y la música o de cómo la belleza es ‘instrumento’ de seducción

En el anterior caso de Art Detective dejamos pendiente hablar de las Venus que Tiziano Vecellio realizó a lo largo de su carrera, y aunque en el mundo existen varias versiones de la diosa pintada por el maestro italiano, una vez más empezamos con las que tenemos la suerte de admirar en el Museo del Prado. 

El culto a la estética femenina no es algo nuevo en la pintura, así como no lo es en todo el arte. Sea en la pintura o en la escultura, el canon estético ha pasado por diferentes vertientes, desde las más estilizadas, la perfección geométrica de la estética clásico helenística, hasta llegar al Renacimiento, que rescató la blandura y sinuosidad del cuerpo femenino que atrae a partir de su fecundidad. En este periodo, Tiziano es sin duda el maestro absoluto y el pintor de la sensualidad. 

La serie de Venus que realizó es la prueba de una profunda pasión por el cuerpo femenino, y sería revolucionaría, ya que nadie como Tiziano transformaría tanto la manera de presentar un desnudo. La Serenissima, Venecia, una ciudad extremadamente abierta para la época, era un centro cultural ferviente y vivo bajo todos los puntos de vista, por lo que es de esperarse que Tiziano, nacido en el seno veneciano, sería su mayor representante.

La serie de “Venus y músico”, que es el caso de hoy de Art Detective, está conformada por cinco lienzos que Tiziano –y su taller– realizó casi seguramente para diferentes comitentes. Así como ha pasado, pasa y pasará en otros casos de Art Detective, los paraderos de las obras son muchos.

En Madrid tenemos la suerte de apreciar dos de las series de  “Venus y músico” de Tiziano, en el Museo del Prado. Parecen iguales, a primera vista, pero no lo son.

Empecemos.

Las dos Venus que posee el Prado son: Venus recreándose en la música (1550)  y Venus recreándose en el Amor y la música (1555).

 

En ambas, nos encontramos con una composición escénica muy similar: Venus recostada en un lecho elegantísimo, compuesto por almohadas y una cama refinada que sugiere una habitación de lujo, con una ventana que asoma a un jardín idílico en la presencia de dos enamorados, una fuente, animales y una perspectiva que se expande en la pérdida del punto de fuga. 

En la mayoría de las versiones le acompaña a la izquierda, a sus pies, un músico, un tocador de órgano o de laúd. Cupido y unos perritos son su compañía predilecta.

En la primera Venus recreándose en la música, Venus aparece recostada acariciando un perrito. Un músico de espalda, tocando un órgano, se da la vuelta para mirarle. Su gesto de interrumpir la música podría estar justificado por la presencia del perrito, pero nadie se cree que a la vista de una maravillosa Venus desnuda el hombre se deje llevar por el animalito. La deslumbrante presencia de la diosa, desnuda, capta su atención y le distrae de su oficio. Además, no cabe duda que el músico está mirando fijamente al pubis de la mujer.

En esta versión, la que llamamos Venus es en realidad la representación de una mujer, casada, y es una alegoría del amor conyugal. La mujer porta un anillo, la clásica alianza matrimonial en su mano derecha. En la iconografía tradicional para identificar a Venus –o a cualquier otra diosa o dios– necesitamos de sus atributos. Venus sin Cupido pierde su identidad divina.

En la otra versión, Venus recreándose en el Amor y la música,  en cambio, no cabe duda que se trata de la diosa Venus. Cupido, a la derecha, le abraza en un gesto de extremo cariño y ternura. Los dos se miran a los ojos, cómplices y juguetones. Ella, deleitándose con la música, preside la escena con su imponente presencia y su imponente sensualidad, sin fijarse en el músico que una vez más se deja atrapar por la sensualidad de la maravillosa diosa, y se da la vuelta para mirarla –también en esta versión– directamente en el pubis.

Las dos obras han compartido la misma sala en el museo madrileño durante mucho tiempo, para darnos la posibilidad de apreciarlas juntas y fijarnos en sus detalles y sus diferencias.

Actualmente, Venus recreándose en el Amor y la música se halla en sala de La Maja vestida y La Maja desnuda de Goya, parte un proyecto mayor del museo, como muestra de la inspiración que tomó Goya, el pintor zaragozano, de la Venus del maestro veneciano. 

Fuera del Museo del Prado, hay más lienzos en los que se representa a Venus recreándose con la música, en los que tiene a distintos acompañantes, ya sea Cupido, algún perrito, un organista o un intérprete de laúd, el cual aparece en una escena similar a las que ya hemos observado con antelación. 

Uno se conserva en el Fitzwilliam Museum y data de entre 1555 y 1565. 

El otro es del Metropolitan Museum Art de New York y está fechado entre 1565 y 1570.

 

 

La ambientación, la posición de Venus y del músico, así como la intención y los mensajes de la pintura respecto a la sensualidad de la diosa no cambian. El músico se queda hipnotizado por la gracia de la diosa, y en lugar de encantar con su música se queda encantado por la belleza divina de Venus que tiene rasgos humanos, terrenales y carnales. 

En la versión del Gemäldegalerie de Berlín, Venus está acompañada por todos los elementos citados: Cupido, un músico (organista, en este caso) y el perrito. 

¡Qué no se le escape nada a la diosa! 

A pesar de los estudios realizados sobre los lienzos y de las diferentes interpretaciones del maestro Tiziano a la diosa Venus, me quedo con la opinión de aquellos que han afirmado que los sentidos son efectivamente los protagonistas de la escena (el historiador del arte Erwin Panofsky, entre ellos).

El disfrute de la belleza pasa a través de los sentidos: el oído con la melodía del músico que interpreta en la escena; la vista de la hermosura de la diosa que nos atrapa y captura; el tacto de la blandura del cuerpo de esa mujer fecunda y coqueta y el olfato a través del dulce aroma que proviene de la vegetación en el jardín, repleto de flores y árboles así como de animales. 

Una sensualidad que nos engloba enteros, en “un rapto místico y sensual”, como diría el cantautor Franco Battiato en su canción “E ti vengo a cercare» (“Y vendré a buscarte”). 

Pero, ¿cuál es la inspiración de Tiziano para realizar esas Venus? 

Procedamos.

Tiziano se inspira en las anteriores Venus de Dresde del pintor Giorgione y la Venus de Urbinohecha por él mismo– para realizar la serie que hemos analizado en este caso de Art Detective.

Parece que hacia 1545, Tiziano realizó una Venus para Carlos V que no existe al día de hoy. Sobre este modelo, se realizarían las cinco Venus y músico que hemos analizado.

Ahora bien, vamos a explicar cómo estos tres lienzos llegaron a los actuales museos, el Museo del Prado, el Fitzwilliam Museum y el Metropolitan Museum. 

Con relación al primero, Venus recreándose en la música del Museo del Prado, este perteneció a Francesco Assonica, y hacia 1622, se encontraba en Venecia. 

Carlos I de Inglaterra la adquirió poco después, y Felipe IV de España la adquirió a la muerte del rey inglés. Aparece por primera vez en el inventario del Alcázar de Madrid entre 1666 y 1734. Durante el siglo XVIII estuvo en el Palacio Real de Madrid, y pasará a formar parte de la colección del Museo del Prado en 1827.

En lo que respecta a la versión del Fitzwilliam Museum de Cambridge, esta perteneció a Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. En 1648 fue llevada a Roma por la reina Cristina de Suecia, y tras su muerte, se subastó en Londres. Fue comprada por Richard Fitzwilliam, en 1798 o 1799, y a partir de 1816, fecha de fundación del museo, empezó a formar parte del mismo. 

En cuanto a la Venus del Metropolitan Museum de New York, esta perteneció a la familia real de Saboya. En el siglo XVIII llegó a Inglaterra y fue propiedad del conde Thomas Coke y de su familia. Cuando este murió en 1759, fue vendida al comerciante Joseph Duveen en 1930, quien a su vez en 1933 la vendió al museo.

Art Detective no para nunca. 

Hay más huellas a seguir.

Tiziano llevó a cabo más lienzos cuya protagonista es Venus. En su arte, realizó otras múltiples versiones de la diosa en diferentes ámbitos. 

Pero este es otro caso de Art Detective.

 

Dánae o de cómo su destino está sembrado con lluvia de oro

En el caso anterior de Art Detective dejamos por contar la historia de Dánae.

En la exposición, “Pasiones mitológicas”, del Museo del Prado de 2021, tuve la suerte y el privilegio de ver todas las Poesías de Tiziano, reunidas y expuestas, entre las que se encuentra el cuadro de Dánae. 

Fue absolutamente emocionante e inolvidable. Algunas piezas se volvían a ver juntas desde hacía muchos siglos. 

Los cuadros que conforman las Poesías de Tiziano son Dánae, Venus y Adonis, Perseo y Andrómeda, Diana y Acteón, Diana y Calisto y El rapto de Europa, y todos son todos encargos que Tiziano recibió entre 1553 y 1562 por parte de Felipe II de España. La temática es mitológica, inspirada en mi libro favorito, que he citado ya en otros casos de Art Detective, Metamorfosis de Ovidio.

Pero en este trabajo, el gran maestro veneciano fue más allá de lo escrito, interpretando y expresando a su manera los mitos. Poesía es el término que él mismo utilizó para definir un trabajo de libertad de expresión intelectual, sin ningún fin moralizante sino de absoluto deleite de los sentidos, del espíritu y de la mente. De esta manera se entiende que a Tiziano se le considere el poeta del arte, el escritor del lienzo y el intelectual del color.

En la colección del Museo del Prado tenemos un cuadro de Tiziano que se llama  Dánae recibiendo la lluvia de oro, que data de entre 1560 y 1565, y por mucho tiempo se había creído que esta versión era la Dánae de las Poesías de Tiziano encargadas por Felipe II. Pero no es así.

En la exposición de Pasiones Mitológicas de 2021 de Madrid, se pudieron admirar esta y otra versión de Dánae de Tiziano, que hoy en día está conservada en la colección privada de la familia Wellington.

 

Como decía antes, durante mucho tiempo se había creído que la Dánae madrileña había sido la primera Dánae pintada por Tiziano –y que era la “original» del conjunto pictórico de las Poesías– pero no era así, porque después se descubrió que la Dánae de Wellington era la “original”, es decir, la que correspondía a la pintada por el artista para las “Poesías”. 

Se creía también entonces que esta Dánae era la primera pintada por el artista, pero esto tampoco es así. 

Posteriormente hubo un golpe de escena extraordinario y se descubrió que la primera Dánae que fue encargada a Tiziano en la historia no fue ni la del Prado ni la de Wellington, sino una solicitada entre 1544 y 1546 por el cardenal Alessandro Farnese para representar en Dánae a su amada, Ángela (no os asustéis, que es sabido que en la época los curas no despreciaban el amor carnal). 

Esta Dánae hoy se conserva en el Museo de Capodimonte de Nápoles.

Así que Tiziano primero pintó la Dánae para Farnese y luego, casi una década después, pintaría las otras dos Dánaes, la que se encuentra en el Museo del Prado y la de Wellington. 

 

La Dánae de Farnese, que se encuentra en Nápoles, formando parte del patrimonio de la familia Farnese, se encontraba en Parma en tiempos de Carlos III de España ( en el siglo XVIII), cuya madre era Isabel de Farnesio (Elisabetta di Farnese). Será por voluntad de Carlos III que llegue al Museo de Capodimonte de Nápoles.

Parece que sobre este modelo Tiziano realizaría la Dánae de Felipe II y la de la colección Wellington de Londres que, como ya hemos visto, es la “original” de las Poesías de Felipe II.

Como hemos visto, este caso de Art Detective es bastante complejo, teniendo en cuenta que hay varias versiones del lienzo del pintor y, además, de que durante mucho tiempo hubo informaciones erróneas sobre ellas, pero continuemos en esta apasionante labor. 

Vamos a resolver otra curiosidad, ¿cómo viajó de España a Inglaterra?

Fernando VII de España se la regaló al duque de Wellington, pero antes de llegar a Inglaterra, el cuadro tendría una historia bastante intrincada. 

Cuando José Bonaparte, hermano de Napoleón, se fue de España –habiendo reinado entre 1808 y 1812– no se fue con las manos vacías. Eligió algunas de las obras de arte más bellas de la colección real española. 

En Vitoria, Bonaparte se enfrentó a la batalla con el duque de Wellington, aliado británico de España, que le secuestró todo cuanto poseía, para luego devolverlo a la corona española. Pero a la hora de regresar las obras españolas a la colección real, el rey Fernando VII le concedió al duque, en agradecimiento, la Dánae. Por ello, hasta el día de hoy, esta Dánae se encuentra en la colección privada de la familia Wellington.

¿Y la Dánae del Prado?

Como decía, la Dánae recibiendo la lluvia de oro del Prado data de alrededor de 1565. Llega a España gracias a Velázquez, que la adquiere durante su viaje a Italia en 1629. El cuadro se hallaba en Venecia y de allí pasó a la familia Doria de Génova, que seguramente debió de comprársela a Tiziano. Sería allí, en Génova, donde Velázquez la adquirió para Felipe IV de España (así como muchas más obras a lo largo de su viaje y su carrera).

¡Caso resuelto!

Sin embargo las tres Dánae hasta ahora citadas no son las únicas que se hallan por el mundo.

Hay una Dánae en el Kunsthistorisches Museum de Viena, que lleva la firma de Tiziano. No sabemos quién se la comisionó y hay muy pocas informaciones al respecto. Es un regalo del cardenal Montalto al emperador Rodolfo II de Praga, y hasta ahí llega la información disponible.

 

Además, hay otra versión de Tiziano y su taller –recordemos que los pintores famosos tenían ayudantes para poder cumplir con todos los encargos– conservada en el Museo de Hermitage que, sinceramente, no es la mejor de todas las versiones.

El rostro de Dánae tiene una expresión muy desencajada, nada que ver con la hermosura y la perfección de las demás versiones. 

Las múltiples versiones de Dánae parecen haber despertado mucho el favor, el gusto y la atención de la época y de los siglos por venir.

Hay más copias que se encuentran en Europa y Estados Unidos, atribuidas a Tiziano, a su taller, e incluso las hay anónimas. 

Pero, ¿quién es nuestra protagonista del día, Dánae? 

Según la mitología griega, Dánae es la princesa de Argos, hija de Acrisio y de Eurídice. Fue seducida por Júpiter, que se enamoró de ella y consiguió encontrarla a pesar de estar encerrada por voluntad de su padre para evitar precisamente este fatídico destino. El dios se le presentó bajo forma de monedas de oro y como lluvia, cayó en el cuerpo de la joven hermosa. 

La escena representada por Tiziano tiene una fuerte carga erótica, se quiera o no analizar el cuadro con cierta malicia. Sin embargo, la belleza de la composición y la presentación de esta mujer atrae y deja hechizado.

En todas las versiones, Dánae aparece recostada en un lecho, en el lado izquierdo del lienzo. Su cuerpo se ofrece al espectador, que goza de la vista sublime de este singular acto sexual (véase el gesto de la mano de Dánae, que abre delicadamente las piernas para favorecer al dios).

En la versión del Prado, así como la de Wellington y en la del Hermitage, aparece una mujer, vieja, de escorzo, casi dando la espalda al espectador, recogiendo las monedas de oro. La figura de la vieja ofrece la posibilidad del contrapunto entre la belleza y la fealdad, la juventud y la vejez, la inocencia y la codicia, la blancura del cuerpo de Dánae en contraposición a la piel de tez oscura de la mujer anciana. Un recurso maravilloso que el pintor veneciano nos regala, atrapándonos en la escena.

En la versión conservada y expuesta en el Museo de Capodimonte en Nápoles, Dánae aparece acompañada por un putto, un amorcillo que ocupa el lugar de la vieja mujer en las demás versiones. La presencia del amorcillo nos sugiere el acto de amor entre Júpiter y la joven, y una vez más nos invita al placer carnal. 

Tiziano seguirá esta composición de la mujer recostada, de cuerpo desnudo y sensual en otra serie de gran éxito: las Venus.

Pero la historia de las Venus de Tiziano y de sus parajes, es otro caso de Art Detective.

Las hilanderas: o cómo el antiguo oficio de tejer fue objeto de disputa entre la tierra y el cielo, entre dioses y humanos

En el anterior artículo de Art Detective dejamos pendiente por contar la historia de Minerva y Aracne, con motivo de La fábula de Aracne, una de las obras de Velázquez que se encuentra a su vez representada dentro de Las Meninas, del mismo autor.

Las Hilanderas o La fábula de Aracne es nuestro caso de hoy de Art Detective.

Esta es una obra que Diego Velázquez realizó en los últimos años de su vida, en 1655. En este cuadro, Velázquez juega con nosotros y con nuestra atención. La escena del lienzo está organizada en diferentes planos.

En el primer plano del lienzo, Velázquez, atento director de escena, nos presenta a las trabajadoras del telar en su taller, a las hilanderas así como recita su título más popular.

Pero si bien durante siglos el cuadro se ha visto sencillamente como la descripción del oficio del tejer y nada más, lo que Velázquez está haciendo en la obra es algo mucho más profundo.

La fábula de Aracne, título que da otro sentido y contenido a la obra, se encuentra ni más ni menos que al fondo de la escena.

Velázquez actúa como un director de teatro vanguardista, introduciendo varias escenas a la vez como un rompecabezas o como una pintura de Escher.

Pero no son solo dos sino cuatro planos diferentes los que podemos apreciar en Las Hilanderas o La Fábula de Aracne. Las trabajadoras de hilares, unas doncellas, el tapiz en el cual se admiran los personajes del mito de Aracne con dos escenas distintas – que contaré-.

¿Qué cuenta el mito y quién es Aracne?

El mito contado por Ovidio en La Metamorfosis –igual que en el artículo en el que cuento del mito de Apolo, Pan y Midas, mi referente narrativo será Ovidio– tiene como protagonistas de la escena a la diosa Palas (conocida también como Minerva o Atenea) y a Aracne, una joven mortal que ha tenido el atrevimiento de afirmar ser más talentosa que la diosa en el arte de tejer, las cuales entran en disputa.

En este enfrentamiento, las dos presentan unas obras magníficas, por lo que Palas arde en ira y castiga a Aracne por su atrevimiento, transformándola en araña que, como es sabido, es un animal “tejedor”.

En el anterior caso de Art Detective hablamos del cuadro de Rubens que se encuentra en el fondo de Las Meninas.

En esa escena Palas está a punto de golpear Aracne; la diosa presenta el brazo levantado y la mortal está en el suelo a punto de recibir el golpe.

La magistral sorpresa que Velázquez nos tiene preparada en su cuadro es genial. En el fondo del todo, al final de la escena, apenas visible, cuadro dentro del cuadro, se ve un tapiz, colgando de la pared de la escena, con las dos mujeres protagonistas. Se nota el tapiz con un enmarcado bordado, insertado como un trampantojo. En dicho tapiz vemos además el tema elegido por Aracne en la competición de talento con Minerva.

Las dos mujeres, en esta “singular tenzone”, eligen temas distintos, pero se ponen mano a la obra con destreza, ligereza y esmero de detalles, eligiendo los colores más variados que rozan “el arcoiris”, según el mismo Ovidio describiría. El oro se mezcla con la seda de manera intensísima y maravillosa.

Minerva, para demostrar su talento, tejerá a los dioses en su gloria. Narra cuatro temas distintos en los cuatro rincones del tapiz en uno de los cuales, ella es protagonista.

Elige la disputa entre ella misma y el dios Neptuno, que compiten por el nombre de la futura ciudad de Atenas. Neptuno ofrecerá el caballo como don para la ciudad y Atenea – Palas –como era conocida por los griegos–, el árbol de olivo. Los doce dioses del Olimpo, con Júpiter en el medio transmitiendo  grandeza y poder sobre el mundo, decretan su victoria, por lo que la ciudad se llamará en honor a ella, Atenas.

Con esta representación, era como si Minerva estuviera ya sugiriendo su victoria en la competición con Aracne.

La joven Aracne, en cambio, decide contar todos los vicios y defectos de los dioses, y elige episodios de seducción por parte de éstos, en los que todo estaba detallado con tanta naturalidad y vida que parecía mostrar en vivo a los personajes representados, a los animales, al mar y así todos los demás elementos. Todo estaba hecho con tanta maestría que Minerva no pudo encontrar ningún defecto.

Entre los episodios narrados por Aracne, el que destaca en el cuadro de Velázquez es el rapto de Europa, seducida por Zeus bajo forma de toro, el cual es apenas esbozado por el sevillano con unas pinceladas.

Otro detalle del que vale la pena hablar es que en este cuadro, Velázquez vuelve a “citar” a otros pintores: al maestro Tiziano y a Rubens, ya que la composición del tapiz de Aracne recuerda al cuadro del maestro Tiziano Vecellio, El rapto de Europa.

En la misma sala del Museo del Prado donde se expone Las hilanderas, se puede admirar El rapto de Europa, pero la versión del Museo del Prado es una copia de Rubens hecha a partir de una obra de Tiziano. Rubens solía realizar copias del maestro veneciano cada vez que podía para aprender y mejorar su técnica.

La obra de Rubens es una copia fiel del cuadro del maestro Tiziano, hoy parte de la colección del Isabella Stewart Gardner Museum de Boston.

A su vez, El rapto de Europa de Tiziano –que como dije, se encuentra en Boston– forma parte de la serie de “Poesías” hechas para Felipe II de España, la cual data entre 1560-1562.

De este, Rubens realizó la copia durante su estancia en Madrid entre 1628-1629 y llevó consigo el cuadro, que se quedó en Amberes hasta su muerte.

Posteriormente, así como otras obras del pintor, serán adquiridas por Felipe IV de España. Hubo un momento en que las dos versiones estuvieron en España como parte de la Colección Real.

La obra de Tiziano salió del país en la época de Carlos III de España. Después pasó a las manos de Felipe V y de allí a la familia Orleans.

Fue en el siglo XIX cuando fue adquirida por la familia de Isabella Stewart Gardner, una de las coleccionistas más importantes de nuestro siglo.

Ella fue una mujer emancipada, abierta, inteligente, con un gusto refinado y clásico, que le llevó a adquirir obras muy significativas, como El jaleo de Sargent,  Virgen con el Niño y ángel de Botticelli, El rapto de Europa de Tiziano, La Dormición y la asunción de la Virgen de Fra Angelico y el Rey Felipe IV de España de Diego Velázquez, las cuales están expuestas en un museo que lleva su nombre.

“La Sra Jack Gardner es una de las siete maravillas de Boston. No hay nadie como ella en ninguna ciudad de este país. Ella es una bohemia millonaria. Ella es la líder …No imita a nadie, todo lo que hace es novedoso y original”, un reportero de Boston

En 2021, el Museo del Prado, en ocasión de la exposición “Pasiones mitológicas”, agrupó las seis obras que componen dichas “Poesías” (Dánae, Venus y Adonis, Perseo y Andrómeda, Diana y Acteón, Diana y Calisto y El rapto de Europa).

Por razones ocultas a mi entendimiento, El rapto de Europa de Tiziano y Rubens no se expusieron juntas. La versión rubensiana se quedó en la sala de siempre, para hacerle compañía a Las Hilanderas.

Otros cuadros en cambio sí que se pudieron admirar uno al lado del otro como el caso de las versiones de Dánae.

¿Quién es Dánae?

Dánae es una princesa, hija de Acrisio, rey de Argos y de Euridice. Será la madre de Prometeo, hijo que tendrá con Zeus. La manera en la que Zeus seduce a la joven princesa es tema recurrente en el arte y sobre todo en las obras del maestro Tiziano.

Pero este es otro caso de Art Detective.

Las Meninas y la metapintura o de cómo los cuadros juegan al escondite

En el anterior capítulo de Art Detective hablamos de Felipe IV y de su refinado gusto artístico. Hoy hablaremos de cómo el vínculo de la realeza española con el pintor Diego Velazquez será el acierto más sublime de la historia del arte español y de cómo la pintura de este autor, Las Meninas, tiene unos detalles exquisitos que muy pocos realmente conocen al día de hoy.

Esta pintura se ha convertido en una de las pinturas más importantes del arte universal. El sorprendente lenguaje del cuadro, la organización del espacio y la composición y el juego de espejismo de los personajes, hacen del lienzo una obra maestra que podríamos contemplar durante horas, por eso le vamos a dedicar este texto para desmenuzarlo a detalle.

Entre las muchas técnicas modernas y únicas que utiliza Velázquez, es notorio su talento de “pintar el aire”. Esa peculiar manera de pintar la profundidad y la esencia del espacio así como la realización realista del espacio, es su firma inconfundible.

En Las Meninas, los personajes que miran fijamente al espectador se hallan en una estancia del antiguo Alcázar de Madrid, desaparecido en las llamas del incendio ocurrido en 1734, el cual inhabilitó por completo a la entonces residencia real.

La escena no solo nos transmite algo completamente nuevo: es una de las pocas veces en los lienzos realizados para Felipe IV en los que los protagonistas son los criados en primera línea y los reyes apenas esbozados en el reflejo de un espejo lejano. La escena es, además, un gran homenaje al arte debido a la presencia de muchos cuadros colgando en las paredes.

En Las Meninas, los personajes se encuentran en el conocido cuarto de los espejos del que fue el Alcázar de Madrid, el cual se intuye pudo ser taller de pintura de Velázquez.

En el cuadro, podemos ver los ventanales, el suelo, las escaleras y todo lo que decora la estancia que, en este caso, son cuadros, los cuales solían ser lo que principalmente embellecía –y muchas veces literalmente tapaba– las paredes de los salones.

De este, el lienzo más famoso de Velázquez, se ha hablado y se ha escrito mucho, así que en este caso de Art Detective me quiero centrar en algo que siempre me llamó la atención.

La parte superior del cuadro de Las Meninas está ocupado por algo que a primera vista no se percibe y se ve apenas borroso, casi negro.

Apreciamos varios cuadros enmarcados y, gracias a los estudios llevados a cabo por el Museo del Prado, se han podido identificar dos pinturas: Apolo, vencedor de Pan y Minerva y Aracne.

Ahora, me centraré en la ejecución de los lienzos, o sea en la autoría de los cuadros, y en el lugar dónde se encuentran actualmente.

El lienzo de Apolo, vencedor de Pan, parece ser una obra ejecutada por Juan Bautista Martínez del Mazo, hecho a partir de una copia de un lienzo de Jacques Jordaens que, a su vez, se inspiró en un boceto de Peter Paul Rubens.

¡Vaya!Vamos a ver quienes son estos tres pintores y qué vínculo tienen entre ellos.

El cuadro que estamos analizando, Apolo, vencedor de Pan, es uno de los cuadros realizados para decorar la Torre de la Parada, un pabellón de caza en el Palacio del Pardo de Madrid, para el rey Felipe IV de España.

Peter Paul Rubens, pintor holandés, cuya obra se puede apreciar en diferentes cortes europeas de la época –desde la española a la inglesa; desde la corte francesa hasta los señoríos y ducados italianos–, recibió el encargo de decorar la Torre de la Parada.

Rubens realizó más de 60 obras entre 1636 y 1638 para la Torre de la Parada, las cuales envió desde Amberes, todas junto con su boceto preparatorio.

Cabe destacar que el Museo del Prado posee muchos de estos bocetos entre la colección permanente –o sea las obras expuestas– y los almacenes, donde se guarda un verdadero tesoro de obras no expuestas, así como un extenso número de trabajos de Rubens.

Pero las obras que lucirían en la Torre de la Parada fueron encargadas no solo a Rubens, sino que también a otros artistas, como Jacques Jordaens, y al mismísimo Velázquez.

Jacques Jordaens, pintor flamenco, nativo de Amberes, colaborador de Rubens, trabajó desde Flandes en los encargos de la Torre de la Parada de Madrid y realizó varios que hoy se hallan en el Museo del Prado, como La caída de los Gigantes y Las bodas de Tetis y Teleo.

Cuando Rubens muere en 1640, Jordaens se ocupará de terminar algunos de los cuadros que Rubens no pudo llevar a cabo (véase por ejemplo Perseo liberando a Andrómeda).

Es aquí el estilo parecido, si bien de trazos distintivos el uno del otro.

Juan Bautista Martínez del Mazo fue pintor y discípulo de Velázquez. Será además su yerno, demostrando la gran confianza que el pintor sevillano tenía en él y su talento.

Conocemos varias de sus obras realizadas en la corte española, algunas de las cuales son copias de cuadros del propio Velázquez (véase La Infanta Doña Margarita de Austria) y de Rubens, que se le encargaban para decorar los reales sitios.

He aquí la realización del lienzo de Apolo, Vencedor de Pan presente en el cuarto de los espejos de la escena de Las Meninas, lienzo reconocido como suyo por el Museo del Prado.

¡Caso resuelto!

El tema de la obra, inspirado en uno de los episodios narrados en el libro Metamorfosis de Ovidio, narra el mito de Apolo y Pan, en el cual, los dos dioses se enfrentan en el arte de la música.

El dios Apolo, saldrá vencedor después de haber deleitado las orejas de todos al tocar “la lira, con incrustaciones de gemas y de marfil de la india” (Ovidio).

Pero el rey Midas, que estaba presente en la escena, no estaba de acuerdo con la victoria de Apolo, por lo que este, enfurecido, transformó sus orejas en orejas de burro porque “no tolera que aquellas necias orejas conserven la figura humana” (Ovidio ).

En la obra de Martínez del Mazo aparecen Apolo, coronado por Júpiter, Pan y Midas con las orejas de asno.

La composición sigue el boceto original de Rubens y, como decimos, la del lienzo realizado por Jordaens con apenas unos cambios. El boceto original se encuentra en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica en Bruselas. El Apolo, vencedor de Pan de Martínez del Mazo está en el Museo del Prado pero no está expuesto al público.

El otro lienzo escondido en Las Meninas representa el mito de Aracne y Minerva, un tema muy desarrollado y contemplado en diferentes obras de arte. En este caso la autoría se atribuye a Rubens, en cuyo lienzo vemos a la diosa Minerva golpeando a la mortal muchacha, enfurecida por el talento y la osadía de Aracne.

La historia de Aracne y su metamorfosis han sido representadas en una obra de Velázquez que una vez más tenemos la suerte de admirar en el Museo del Prado de Madrid. Se trata de Las Hilanderas.

Pero este es otro caso de Art Detective.

Felipe IV y Velázquez o de cómo reunir a varios genios crea obras universales

En el anterior capítulo de Art Detective hablamos de leones y metamorfosis de unos desafortunados enamorados.

Por Madrid se pueden encontrar muchos monumentos con historia y encanto pero hay uno en especial que destaca por su notable belleza y por su absoluta maestría en la composición.

Si paseamos por la Plaza de Oriente de Madrid, quedaremos enamorados por una escultura en bronce maravillosa, la del rey Felipe IV de España a caballo.

La obra es la primera en el mundo que se realizó con la posición del caballo en corbeta, es decir, con la patas delanteras levantadas. Es una obra de gran ingenio que reúne a varios artistas para su realización.

El rey Felipe IV quería una escultura que representara a su persona en todo su esplendor. Quería que la escultura superara en belleza y majestuosidad a la escultura de su padre, Felipe III, que hoy se puede apreciar en la Plaza Mayor de Madrid.

Por eso su elección se inclinó hacia el escultor Pietro Tacca, que participó en la escultura de su padre, junto con su maestro el escultor Giambologna.

La obra se inspiró en el lienzo “Felipe IV, a caballo” de Diego de Velázquez, que hoy se conserva en el Museo del Prado. En esta apreciamos la figura estoica y serena del rey, a caballo, de perfil, elegante, sosteniendo con firmeza las riendas del caballo en corbeta, lo que hace pensar que era la misma firmeza con la que administraba su reino.

La posición del caballo simboliza el poder del rey, y no tiene nada que ver con la iconografía clásica vinculada a la muerte y gloria en batalla del condotiero, que también era representada a caballo, pero con otro significado – si las patas del caballo estaban levantadas en corbeta significa muerte en batalla y por ende gran honor; si el caballo tenía solo una pata levantada significaba muerte por heridas en batalla; si las patas estaban plantadas en el suelo significa muerte natural – .

Tacca recibió el encargo en Italia. Velázquez no iba a enviar su magistral obra –el lienzo que hoy se halla en el Prado– a Italia. Se realizó otro para la empresa, a modo de boceto, que hoy se encuentra en Palazzo Pitti en Florencia.

Es importante recordar que Tacca realizó la obra desde Italia –como solía suceder en la época con varias obras de arte– lo que, por supuesto, implicó, además de la participación de otros artistas, cierto grado de complejidad.

Velázquez y Tacca son, sin duda, los principales artistas responsables de esta obra pero hay más.

El primer artista que mencionaré es el escultor de corte de Felipe IV, Juan Martínez Montañés, el cual realizó la cabeza del rey como modelo para la obra de Tacca. Existe de hecho una pintura del propio Velázquez en el que Montañés esculpe la cabeza y el busto del rey Felipe IV. La obra se llama “Juan Martínez Montañé” que demuestra entonces la colaboración del escultor andaluza en la escultura de Tacca.

Recordemos que antes no existía internet ni mucho menos los sistemas de transporte que hoy tenemos, así que era mucho más difícil comunicarse y viajar, por lo que no era sencillo enviar información como lo hacemos hoy. Por todo esto, con el boceto de Velázquez, Tacca podía hacer el cuerpo, pero para detallar el rostro del rey necesitaba algo más detallado. Montañes se encarga entonces de realizar el modelo para el rostro real.

Hemos llegado hasta aquí teniendo un crisol de artistas en acción para el deseo del rey Felipe.

Pero como imaginaréis me gusta ir más allá, y como detective del arte voy buscando más pruebas.

En la colección del Museo del Prado –no expuesta– se encuentra una cabeza en mármol con los rasgos del rey, la cual es atribuida a Pietro Tacca debido a su estilo. Sin embargo, no queda claro si es la misma realizada por Montañes que fue enviada a Tacca o si es una prueba que Tacca realizó antes de la versión final. Aún así, es muy probable que esa cabeza sea la que fue concebida para realizar la gran obra que hoy admiramos en la Plaza de Oriente.

Existe además una maqueta en miniatura en bronce dorado atribuida a Pietro Tacca – una vez más –  la cual es parte de la Colección del Museo del Prado, aunque no se encuentra expuesta. Podría ser modelo para nuestra obra. Sin embargo el rostro del rey con rasgos de juventud, el peinado y la ropa dejan pensar a la época en que Felipe es príncipe. La posición del caballo recuerda más la obra de Felipe III que la de su hijo.

Pietro Tacca està listo. imaginemos este momento solemne en que muestra por primera vez la escultura. Por desgracia, con todos los esfuerzos, modelos y maquetas, debido al peso del metal, la escultura no lograba mantenerse en pie. Y aquí entra nuestro golpe de escena. La participación indispensable y fundamental de un gran científico y estudioso italiano, ni más ni menos que Galileo Galilei.

Fue él quien dio la solución a Pietro Tacca para que la escultura se mantuviera de pie, solo sujetándose en las patas traseras. Un logro, que en la época parecía imposible, pudo ver la luz gracias a la maestría de Galileo.

El secreto estaba en encontrar el baricentro, un punto aritmético que se refiere al centro de gravedad de un cuerpo. La escultura se apoya en la lógica de la distribución del peso en las diferentes partes que la componen. Por detrás es más pesada y maciza; por delante vacía y ligera.

La obra es una danza de detalles a partir del crin del caballo, las venas del animal, la armadura, todo el atuendo del rey –la bufanda que se ve movida por el viento es maravillosa– y los rasgos de su rostro.

¿Por qué eligió Felipe IV la pintura de Velázquez como modelo? Porque es símbolo del triunfo del rey. Fue concebida para el Salón de Reinos del que fuera el Palacio del Buen Retiro de Madrid (1630-1640), en una época en la que se vivía el apogeo de las grandes victorias de España. En el Salón de Reinos se presentaba la descendencia familiar del rey Felipe IV, las grandes batallas y victorias de Espaòa (recordamos la Rendición de Breda de Velázquez entre todas) y los ancestros de la península representados por la figura de Hércules (Zurbarán se encarga de pintar “Los doce trabajos de Hércules”).

En este caso de Art Detective, tenemos mucha suerte, porque sin movernos de Madrid, sin rastrear las obras en el extranjero podemos ver una escultura y un lienzo. El cuadro como hemos dicho ya se encuentra en el Museo del Prado y la escultura en la Plaza de Oriente de Madrid. Pero el cuadro y la escultura no son exactamente iguales.

Entre el cuadro y la escultura hay solo una diferencia.

Os invitaría a buscarla pero me muero por decíroslo.

En la pintura el rey lleva un despampanante sombrero. En la escultura no.

¿Será porque al rey no le gustó su cara y a la hora de volver a hacer la cabeza, al escultor se le olvidó? ¿O será por el peso del sombrero en la escultura?

En Art Detective resuelvo misterios de paraderos y parecidos, pero no llego a saberlo todo.

Os diré además que la escultura protagonista de nuestro caso no siempre se encontró en el lugar actual.

Pietro Tacca la realizó en 1634 y fue enviada a Madrid en 1640. Era la decoración perfecta para el recién estrenado Palacio del Buen Retiro del rey Felipe IV en Madrid.

Fue colocada en la Plaza de Oriente en 1844 por voluntad de la reina Isabel II de España.

Se añadió a la ya espectacular escultura un precioso y monumental pedestal y una fuente, enriquecida con imágenes evocativas y alegóricas.

En el anterior artículo de Art Detective hablamos ya de los cuatro leones que decoran la escultura y parecen custodiar la tranquilidad del rey. Forman parte de la fuente así como las esculturas de dos  hombres que son la alegoría del río Manzanares y el río Jarama.

En el lado norte del pedestal se halla un bajorrelieve con una escena en la que el rey está rodeado por las artes y las letras.

En el lado sur del pedestal podemos ver la escena en la que el rey concede a Vélazquez el hábito de la orden de Santiago.

Con el mismo traje que porta en su obra Las Meninas.

Las Meninas es una obra repleta de significado, símbolos ocultos y secretos.

Pero este es otro caso de Art Detective.